21 de julio de 2016, un día de verano como cualquier otro. Todo es normal, no hay nada especial. Y por esta misma razón este mundo me aburre, me cansa.
Parece que esto me hiciera diferente, pero no. Al igual que yo, hay mucha gente que desearía ir a otro mundo, uno en el que pudieras ser un héroe, uno en el que pudieras vivir aventuras como las de los libros de fantasía. Claramente hay mucha gente aparte de mi que lo desea, pero el que lo deseemos no va a hacer que existan. Y si existieran el ir a ellos resultaría imposible. Incluso si necesitaran un héroe, y casualmente estuviera en nuestro mundo, ¡¿cuántas son las probabilidades de que nosotros fuéramos ese elegido?! Todas estas y muchas más cuestiones nos hacen volver de nuestros sueños a la dura realidad.
Jamás vamos a poder alcanzar esos mundos, y lo sabemos. Pero un sueño solo se vuelve imposible cuando se abandona. Por eso los que soñamos con ellos no los olvidamos nunca. Sin embargo, en esta realidad el pensar y soñar con esos mundos de fantasía a los que nos gustaría viajar es visto con malos ojos. Por esto ocultamos estos deseos, nos adaptamos a la convención social, y actuamos como todos los demás, aunque algunos lo muestran más abiertamente que otros. En mi caso no me da miedo ocultar mi forma de ser, me siento orgulloso de ello, e igual que yo muchos otros. Pero entonces es cuando la gente mira diferente, te discrimina, y te planteas si merece la pena seguir creyendo en esos mundos tan lejanos.
¿Merece la pena sacrificar la única realidad que tenemos a nuestro alcance por algo que podría simplemente no existir?
En mi caso, me hice esa pregunta una sola vez, y decidí que no cambiaría por el mero hecho de no ser bien visto. Es mi vida, y mis sueños y deseos son lo que me hacen ser yo, si pierdo eso y sucumbo ante lo que llamamos realidad, no seré nada. Esta fue mi decisión, y jamás me habría imaginado que hoy sería el día en el que me alegraría de no haber renunciado a mis sueños.

wapo
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